- ¿Smithers, quién es este individuo? - Es Simpson, señor. - Me suena su cara. - Es el inútil del sector siete. Nos reímos del contable en la comida. Lorena y yo hacemos un tamden temible. Nos llaman “la pareja” o “el equipo”. Cuando alguien dice ahí llega la pareja es sinónimo de carcajadas y humor corrosivo. Todos ríen menos nuestra víctima. A veces intentan contraatacar y lo aceptamos de buen agrado. En ocasiones nos agredimos entre nosotros para distraer. Si alguien se molesta nos empleamos a fondo con diplomacia. Ella se pone dulce, yo hago alguna broma conmigo mismo. - Vaya manchón de tinta que llevas en la manga, nene. - Eso es por usar bolis baratos. - En la tintorería te la pueden cortar y hacerte una camisa de mangas cortas. - Y lo que quede de trapos para la cocina. - ¿En la tintorería? - En mi pueblo estos arreglos los hacen en las tintorerías. - Pues vaya pueblo, nen. - En el pueblo de este si te duele una muela van al barbero. - Y si tienes una mancha en el pantalón te haces un short. - Si, y si se te agujerea un calcetín te hacen guantes.
Me llamó Ana. Me dijo lo de siempre. Que nunca la llamo, que mamá pregunta por mí. «tienes que preocuparte más, se está haciendo mayor» «ya sé» Le dije lo de siempre. Estoy ocupado, trabajo mucho, un día nos vemos y hacemos un café y hablamos un poco, un fin de semana de estos quedamos para subir al pueblo. - Hace un par de años no vas, fulano se casó, el viejo tal se ha muerto Me siento incómodo, no me interesa. Es como si me hablaran de cosas que ocurrieron en otra vida; ni siquiera en la anterior, en siete o diez vidas atrás. Dice que le va bien con el marido, le han subido el sueldo, vende mucho y se lleva buenas comisiones. Yo cuento poco. Mi insomnio persistente, el trabajo bien «me pagan y eso» - Bueno Anita, guapa, la próxima vez te llamo yo, de verdad, te lo prometo, un besote, chao. Colgué y llamé a mi madre. Se puso contenta. Habla a gritos, tengo que separarme el teléfono de la oreja. Me pregunta si como bien, si duermo, cómo me va la alergia -todos en la familia somos alérgicos a los ácaros, al polvo- «sobreviviré mama, el sueldo me da para pañuelos.» Le digo que subiré a verla cualquier día de estos, que he hablado con la Cris y le manda saludos -es mentira- No sé qué mas contarle. Me pasa siempre. Voy hablando y pensando qué decir luego, buscando temas de conversación. Le pregunto por los vecinos, por el jardín. «el hijo de mengana está grandísimo, fulano se casó, el viejo tal se ha muerto» «ya lo sé, me lo dijo mi hermana» «ahora los nietos se están peleando por la casa, uno quiere venderla y el otro…» - Mama, tengo que dejarte, te llamo otro día ¿vale? besos Cuelgo.
Me estoy lavando los dientes cuando sale el Henry. - Ey campeón, has tenido una noche movidilla ¿no? , le digo, ríe. - ¿Ha hecho mucho ruido? – Un poco, sí. - Tienes que verla, dice malévolo - ¿Está buena? - Es gordísima, dice en voz muy baja -enorme, la pesqué en una discoteca. - ¿Cómo de gorda? - Como Moby Dick, dice. - No jodas. - Tienes que verla, espera. Entra a su cuarto, está un par de minutos, siento voces pero no distingo lo que dicen. Henry sale. - Tienes que irte. Dice que se quedará dentro hasta que no se marchen todos. Le da vergüenza. - ¿Y no le daba vergüenza chillar de esa manera? - Por eso… no sé, es rara. Baja y espérame en la esquina. Henry entra a su cuarto, yo termino de vestirme, cojo la mochila, bajo y me quedo en la acera de enfrente. Dos minutos después salen. Moby debe pesar unos 100 Kilos y no es muy alta. Henry me guiña un ojo. Van de la mano, como novios, Henry le besa el cuello, ella se aparta con recato pero no lo suelta. Yo cruzo la calle en dirección contraria, avanzo rápido, al doblar la esquina corro, giro, sigo corriendo, doblo otra vez. Al llegar a la otra calle camino despacio. Los veo venir. Henry no puede aguantar la risa, le da otro beso en el cuello. Llego hasta ellos. - ¡Hombre!!Henry! ¿Qué tal majo, cómo andas? ¿Es tu novia esta chica? ¡Ya era hora hombre!
1999. Barcelona. 26 de Mayo. Miércoles. Final de la Eurocopa. Manchester contra Bayern. Minuto seis. Uno a cero. Supermario de falta directa. Silencio inglés. Alemania ruge. Ochentaycinco minutos más tarde Beckham saca de esquina, Sheringham empata. El Camp Nou arde. Los ingleses no paran de gritar. Dos minutos después otro corner, otra vez saca el Spike boy. Solskjaer anota. Manchester for ever. Las crónicas deportivas terminan ahí. Justo ahí comienza el guiri. El resto de la noche. De cómo los diablos rojos no dejaron cerveza en Barcelona. Tiene para rato. Enumerando los bares que cerraron entre el campo del Barça y plaza Cataluña, donde diez mil ingleses llegaron caminando, dejando tras de si un rastro de latas, botellas, vasos de plástico, ruido y orine, para acabar de mañana, compartiendo sillas y cervezas en la rambla con los desconsolados alemanes del Munich. Xamantha le llena la copa cada vez que se queda sin cerveza. Está inspirado. La gente le mira cuando se exalta y grita. Yo le digo que baje la voz, que se siente. «relájate nene» Xamantha me sonríe, me guiña un ojo, yo le hago una mueca amistosa. Magenta prepara mojitos y caipiroskas. Tienen faena esta noche. El bar se ha llenado. Todos quieren cockteles. Magenta se estresa, su cara es pura tensión. Discute con Xamantha porque no ha llenado de hielo la cubitera. Parece una guerra. Un flaco de gafas se impacienta y viene a reclamar las cervezas que había pedido. - Pues siéntate y espera, chaval, le dice el guiri. El tipo le dice qué quién es él y por qué cojones se mete. El guiri lo empuja. Me meto en medio. El flaco tira un manotazo torpe que me da a mi en el hombro. Hay cierto revuelo. Caen dos banquetas. Aguanto al guiri. El otro no hace nada más. Todo el bar se ha callado. - Simon, vete de aquí de una puta vez, le grita Magenta. Lo empujo fuera, a ver qué coño te pasa, tío, ya no sabes beber o qué. Me dice que se le ha ido la olla, que entrará a disculparse. Parece más calmado. Está rojo. No sé si es por la rabia o el alcohol. De pronto comienza a dar patadas al suelo. fuck, fuck, holy fucking shit. La gente que pasa por la calle nos mira curiosos. - Vete, ya vendrás otro día. ¿Te acompaño a casa? Dice que no, que está bien. Lo veo caminar calle abajo, sin mirar atrás.
- Martín - ¿Si? - ¿Puedes pasar por aquí un momento por favor? Me levanto, me pongo la chaqueta, camino a la oficina. Llamo a la puerta, un par de toques breves. Entra, dice, sonríe. - Hemos comprado este móvil y habrá que configurarlo para que me entren aquí los correos, ¿lo puedes hacer? - Supongo que sí. ¿Tienes los papeles? Si ten- me extiende una caja de colores con el logo de una empresa de teléfonos. - Hay otro problema, tengo contactos en mi móvil y en la tarjeta. - ¿Entonces? - Hay que pasar los que están en la tarjeta al móvil nuevo, borrar la tarjeta y cargar los otros para traspasarlos, algo así, no sé, empecé a hacerlo pero me he liado y no sé bien lo que he hecho. - Me lo miro y te digo algo. - Gracias… ¿lo tendrás para esta tarde? - No estoy seguro, supongo que no. - Tengo que irme a Madrid a la reunión de los comerciales. - Lo intentaré. - Si no puede ser me llevo la tarjeta en el otro teléfono y ya cuando regrese lo hacemos. - Ok, cap problema. Cuenta con que no estará, lo voy a intentar pero creo que tardaré un más. - Bueno… me llevo el móvil viejo, quédate este y ve haciendo lo de los correos, lo otro lo haremos luego. - Vale, como quieras. - Gracias. - No pasa nada.
Los colombianos se han ido. Llegué del trabajo por la tarde y las puertas de sus habitaciones estaban abiertas. Armarios vacíos, colchones sin sábanas. No dijeron nada. Hacía dos o tres días no me los cruzaba. Es el primer abandono en los cinco meses que llevo aquí. El piso lo gestiona Luisa. Tiene 70 años. Vive en el primero. Alquilan toda la finca por habitaciones como si fuera una pensión. No es la dueña pero administra el negocio. Siempre pienso que es un buen sitio para terroristas o traficantes. Nadie hace preguntas, no hay papeles ni registros. Sólo pagas y vives. Simple y claro. Henry lleva cinco años en la misma habitación. Dice que ha perdido la cuenta de los que han pasado. Un indio sin trabajo que sólo bebía y dormía, dos mochileros italianos, una vasca -dice que intentó follársela varias veces pero no hubo suerte-, dos o tres brasileños con banderas, zamba, posters de Ronaldiño y Brasil o melhor do mundo, un danés de más de dos metros (no sé como dormiría en la cama de 1,80) un morito argelino que decía ser francés, varios andaluces. Peruanos, bolivianos, ecuatorianos. Algunos se despedían, hacían fiestas, comilonas, daban abrazos. Otros como los colombianos. Llegabas un día y ya no estaban. Alguien antes de irse puede forzar tu puerta y robarte. Dice el Henry que nunca le ha pasado pero sería tan inevitable que ni siquiera nos inquieta. Sólo queda tomar un par de precauciones. Esconder el efectivo. No tener cosas de valor. Soy como un guerrillero espartano. Mi mochila, mi cámara obsoleta. Sólo pesan los papeles y los libros pero no creo valgan gran cosa.
En algún sitio vi un cuadro de Cezanne. Una roca naranja en primer plano, detrás un árbol sin hojas.He revuelto mis papeles varias veces intentado encontrar otra vezesa lámina. No lo he conseguido. Quizás mi memoria mezcla imágenes o confunde el autor. Puede que lo haya soñado. La gran piedra naranja que llena un tercio del lienzo. No óleos bucólicos. No marinas. No atardeceres en la montaña. Un paisaje especial. Sólo una roca y un árbol. Nada que puedas colgar en el salón.
Vamos a ver, tú, dinos por qué nos sobreviene esta desgracia.
¿Cuál es tu oficio, de dónde vienes?
¿Cuál es tu tierra y de qué pueblo eres?
Él les respondió:
Soy hebreo y adoro a Yahvé, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra.
Dos días después de separarme -fue hace seis meses pero parece que hayan pasado siglos- me fui a Madrid. Tenía dinero, habíamos ahorrado para comprar un piso y ya no iba a ser necesario. Estuve una semana de juerga, alojado en una pensión en Lavapiés. La última tarde, resacoso, mareado, me puse sentimental y determiné que no podía regresar sin ir al Prado.
Pagué los ocho euros. Entré sin mapa. Caminé. Primero me detenía ante las vírgenes, los cristos, anunciaciones, adoraciones, apóstoles, motivos griegos. Me aburrían tantos azules cielo, tanta mitología, tanta iglesia. Estuve a punto de marcharme. Decidí avanzar sin detenerme más. Tenía que verlo. Dos salas más allá creí reconocer al de Olivares. Apuré el paso. Llego. Me giro. Veo El Triunfo de Baco. Siento la voz de un guía que dice a su rebaño «una de las pinturas más importantes de…» vuelvo la cabeza. Lo veo. Empiezo a llorar. Son las meninas. Nunca me habían interesado. Buscaba verlas por el simple decir «las he visto».
¿Por qué entonces las lágrimas? No lo sé. Un par de años antes, viniendo en coche con Ana desde el pueblo , cambié de cadena en la radio y Camarón cantaba Que Dios te guarde Perla que Dios te guarde porque estas en el cielo junto a tu mare y también acabé llorando. No suelo hacerlo. No creo ser especialmente sentimental.
Un rato después, más sosegado, seguí con calma por el museo. Ante Goya, comparando retratos de reyes, perfectos, fotográficos, con los de su quinta oscura y los del dos de mayo, constaté algo que ya sabía pero nunca había sido tan transparente para mi. Me gusta el arte que no está hecho para comer. No me interesa Leonardo, ni Rubens, ni Dalí. No pintaban para ellos. Buscaban agradar al amo. Quiero encuadres imposibles, desequilibrio. Quiero que alteren mi balance químico. Quiero llorar, reír, marearme o excitarme sin tener que saber por qué.
Estoy sin camisa en la azotea, Macallan, Montecristo. El aire de la noche es refrescante. A lo lejos un par de barcos salen del puerto.