10.

El novio de magenta es cubano. Llevaban cinco años juntos. El guiri lo odia. Se divierte inventando formas de asesinarlo. Yo lo consuelo, le digo que después de tanto tiempo ya no deben follar, que cada vez estará más cerca la ruptura, que es estadístico, el fin de año, o el verano, después de vacaciones, los viajes siempre traen broncas Es diseñador, es petulante. De esos tipos que te miran desde atrás de sus gafas naranjas y te piden la hora como si te estuvieran haciendo un favor. Lo mejor es que se dedica al packaging, dice el guiri. «¿A qué?» «Al packaging, hacer cajitas, envases y mierdas de esas, todo el puto día, y el hijo de puta se cree unToscani.» «¿Quién coño es Toscani?» Un publicista, dice.
«Le enviamos por correo una caja envuelta en papel de regalo satinado y topeguay, muy grande, muy pesada. Abre la caja y hay un ipod touch, último modelo y otra caja, abre la otra caja y hay una revista con fotos muy chulas y muchos colores y caligrafía chachi, el tipo ojea la revista, sonríe, está en finlandés, no entiende nada pero es muy mona, está muy contento. Abre la otra caja, hay un Mac Air, el tipo flipa, uno de sus jefes tenía uno, casi se corre cuando lo abre, me pregunta ¿es para mí mi amol? Sí amiguito, sí, el guiri es bueno y quiere ayudar a los inditos. Hay otra caja, la abre, un cd de música electrónica, no, mejor aún, un acetato con música electrónica bien vanguardista, el tipo no tiene idea de quiénes son ni tiene tocadiscos pero le hace una ilusión que lo flipas, otra caja, el iphone. Otra, muy pesada, toda colorida. Cierra los ojos, le digo, todo lo anterior eran fruslerías, nené, este es el verdadero regalo. El pijo abre la caja, mete las manos siente una textura rara pero imagina algo verdaderamente fantástico en un gel megaguay o no sé qué. Pero le llega un olor extraño y abre los ojos. Ve que es un eje de rueda de coche todo oxidado y lleno de grasa negra, se ve las manos sucias, las mangas de su camisa sucia s, sus uñitas manicuradas sucias, su anillo del pulgar sucio, se lleva sorprendido las manos a la cabeza y se pringa su pelopincho despeinado de diseño y sus cejas depiladas, le traigo un espejo, se ve tan descuidado que entra en shock y muere»

11.

Al trabajo, no falto nunca. Increíblemente llego siempre temprano -siempre somnoliento, invariables ojeras-. Lorena como recepcionista entra media hora antes. Cuando me abre la puerta hace muecas de qué cara que llevas chaval.
La libertad debe parecerse a esto. Tener horarios sólo de lunes a viernes, sólo de nueve a seis. Fuera de este tiempo nada planifico. No sé qué haré mañana. No me interesa. No sé si me afeitaré o me cortaré el pelo, si iré al super o plancharé la ropa. Beber seguramente, acostarme tarde es muy posible, sexo si hay suerte. No haré promesas, eso seguro, no estableceré compromisos, ni siquiera amistad.
La libertad quizás no se parezca a esto.
Recuerdo cuando terminé EGB. Pensaba en cuántas cosas haría si volviese a atrás con la experiencia de ese momento. Tantas veces he regresado a esa idea. Me pregunto dentro de cuántos años querré corregir este tiempo.
Quizás es simplemente la crisis de los treinta. El afán de volver a la irresponsabilidad adolecente. Peter Pan.
¿Arreglaría mis problemas con dinero? ¿Un buen montón de dinero? Gano 1028 euros al mes. Pago 260 de piso, poco más de 20 del móvil, unos 40 para el metro. No tengo grandes gastos fijos. En realidad me sobra el dinero. Además ¿tengo problemas? ¿Cuáles son mis problemas?
Quizás es la evasión lo que se parezca a esto. Pero evadirme de qué. ¿Será esto la felicidad? ¿Hacer de la diversión una rutina? ¿En verdad me divierto? Follar, beber, bailar. Drogas no, no me gustan, rock and roll tampoco.
Es idiota el culto a Baco. Tanto como lo contrario.
No creo en la exaltación de la virtud.
No creo en la exaltación del vicio.
¿Soy feliz?
No lo sé.
No sé ni si lo intento.
Vivo como sé.
Como puedo.

12.

- ¿Y tu historia cuál es?
- ¿Perdón?
- ¿Que cuál es tu historia? Cómo has llegado hasta aquí?
Cuando no está el guiri podemos hablar los otros. Es casi un lujo. El bar en silencio. Sólo la música. Nadie gesticulando.
Xamantha es de Chipiona pero tiene un acento bastante llano, no parece andaluza. Vino hace seis años, un día volverá, dice, y abrirá un chiringuito en la playa. Una crepería o quiches, algo distinto. Ya hay demasiados negocios de chocos y pescado frito. Está ahorrando.
- Estudié empresas… y era buena, pero no tenía ganas de contar el dinero de los demás… la vida te va llevando por donde quiere y un día caí aquí.
Compartió piso con Magenta un par de años, hasta que apareció el cubano.
Le gusta Barcelona. Le gusta y la odia. Dice que es una ciudad que te absorbe y te moldea a su gusto. Hay que escapar mientras se pueda. He escuchado a varia gente de fuera decir lo mismo. Pienso qué pasa con los que nacimos aquí, si alguna vez hemos pensado en escapar, si sabemos de qué deberíamos huir.
Salía con un francés. Pensó incluso en casarse. Yo casada, dice. Incluso fueron a casa de los padres de él, en Lyon, y hubo un banquete con todo de primos y amigos. Un fin de semana rodeada de gabachos alcoholizados, y tías y abuelas antiguas, sin entender una sólo palabra, diciendo sonriente a todo oui y merci. Un día despertó –dijo desperté- y se rompió el hechizo.
- ¿y tu?
- ¿Yo? Nada, yo nací ayer, no tengo historia

13.

Tengo mi cámara de fotos. Digital. Pequeña. Una marca coreana desconocida que me regaló Ana hace siete años. Cuatro mega pixels. Nunca he pensado en cambiarla. Me gustan mis fotos y mi cámara. Siempre la llevo aunque la uso poco, a rachas. Detesto la gente que va apuntando a todo sin permiso. Son como violadores. Yo disparo a paisajes, a los balcones que veo desde el patio interior que se abre a mi ventana, las antenas, los techos -de lejos, mi zoom es tan malo que no lo uso-, mis paredes desnudas, naturalezas muertas en el suelo de mi habitación.

Hago fotos, las guardo en el ordenador, las imprimo sin colores. Formas como sombras. Blanco y negro. No quedan bien, el grano demasiado grueso. Lo sé. No soy artista. No hago arte. Mis fotos no son para exponer, ni para vender, ni para subirlas a internet. No pretendo nada con ellas. Son para mí.

14.

Y sabes que estás en el insomnio. Has despertado. La habitación a oscuras. Abres el móvil. Cuatro y veintitrés minutos. Te lo tomas con calma, tienes experiencia. Sabes que hagas lo que hagas no vas a dormirte. Te das la vuelta en la cama. Ojos cerrados. Adviertes multitud de ruidos normalmente imperceptibles. El tenue ronquido de Pablo el colombiano, el sonido de la cama del Henry cuando se mueve, el reloj de algún piso cortando los segundos, crujidos de los muebles, la nevera que arranca y se detiene, los autobuses en la calle, una moto que pasa.
Piensas. Recuerdas. Das vueltas. A veces te has levantado y has leído tu biblia, es buena idea aprovechar el tiempo, hoy no tienes ganas. Aguardas. Sabes que en algún momento el sueño entrará a traición, cuando no lo esperes. Sabes también que será demasiado tarde -demasiado temprano- y que minutos después sonará el despertador y empezará el día.
Te entra sed. No quieres levantarte pero decides que si tienes alguna inquietud tardarás más en dormirte. Vas a la cocina. Bebes agua de la botella que tienes en la nevera. Luego entras al lavabo y orinas, sentado, intentando no hacer ruido. Te acuestas otra vez. Intentas no pensar, relajarte, destensar cada músculo, no dejar ningún resquicio donde pueda agarrar la vigilia.
Cuando tenías once o doce años leíste en una revista ejercicios para combatir el insomnio. No recuerdas si era acupuntura, rollos mentales, movimientos, lo que tienes claro es que no sabía siquiera qué significaba la palabra. Preguntaste. Desvelarse. Falta de sueño. No le diste importancia.
Suena el despertador del Henry. Son las siete. Dentro de media hora sonará el tuyo. Sientes al uruguayo maldecir, removerse en su cama. Te incorporas. Golpeas la pared. «Venga sudaca, a trabajar, hostia.»
- Calla culé.

15.

He de limpiar, el guiri estuvo aquí un momento y dijo que en mi habitación era otoño porque estaban todas las hojas por el suelo. Dos ordenadores, la pantalla de uno de los ordenadores -un TFT de segunda mano-, la impresora, cables de red. Ropa sucia, calcetines, calzoncillos, CDs, condones, un par de botellas de vino, la biblia del abuelo, media botella de Macallan. Y las hojas. Papeles. Cientos de papeles. Nóminas antiguas, declaraciones de renta, certificados de estudio, diplomas del cole, un par de fotos de mi madre impresas a 10 x 8 centímetros, hojas enteras de periódico que no sé por qué guardé y al revisarlas no encuentro nada interesante en ellas. Recortes con fotos de Capa, Bresson, Man Ray, Newton, Arbus, Salgado (aunque no me gusta Salgado), Avedon. Fotos mías impresas, apuntes con encuadres ideales, bocetos de cuadros –yo que nunca he pintado-, mis libros de Taschen –Klimt, Modi, Caravaggio, Miguel Ángel, Rodin, Freud, Schiele- Más trozos de diarios con artículos que me interesaron.

A veces reviso mis papeles y no encuentro ninguno imprescindible pero no me atrevo a deshacerme de nada, nunca lo he hecho.

Cuando sé que vendrá alguien suelo recoger, meter todo en el armario y debajo de la cama sin orden, después vuelvo a esparcir. Hace meses, cuando salía con esperanzas de ligar, acomodaba y limpiaba. Ahora ya no. Era frustrante regresar solo y verlo todo recogido, era constatar la derrota. Como regresar de la guerra y ver tu pueblo convertido en cenizas humeantes. Ahora si vuelvo con alguien aparto la mierda al entrar, le digo que me acabo de mudar o invento una excusa cualquiera.

16.

Y un día llego al Calipso del brazo de Lorena, riéndonos de un chiste muy malo -¿Por qué le dicen la caperucita roja? Porque lleva en el cuello un gran lazo verde- y siento en la mirada de Xamantha un brillo especial. Lorena se pide un gintonic, Bombay Sapphire, yo Bacardí con cola. Nos sentamos al fondo. Fue Magenta quien vino a traernos las bebidas.
- Así que es aquí donde vienes siempre.
- A veces.
- Ya.
- Son guapas las camareras ¿no?
- Son guapas.
Sólo estábamos nosotros en el bar. Era jueves. Hablábamos, reíamos, Lorena fumaba, me contaba de su ex-marido. Un tipo raro, escultor, fanático del porno pero increíblemente malo en la cama. Los ojos de Xamantha no volvieron a encontrarse con los míos pero no podía arrancarme de la cabeza aquella mirada que me dedicó al entrar. Sobre las doce y media pregunté a Lorena si quería otro gintonic. Dijo que no «mejor nos vamos ya, tu también deberías, a ver si un día llegas a trabajar con cara de persona»
Pagó ella. Dijimos adiós a las chicas, salimos. La acompañé al metro. Nos despedimos con abrazos. No lo dudé. Volví al Calipso. Magenta se ha ido, no hay nadie. Xamantha y yo hablando. «Y cómo son tus noches, chiquilla?» largas, dijo, largas. Comienza a recoger, son casi la una y hay que cerrar. La ayudo. Paso una bayeta húmeda por las mesas, apago las velas -en el Calipso tenían una pequeña vela encendida en cada mesa- «Esto de recoger te convierte en cliente VIP» «Creí que ya lo era» «¿Un cubata más? la casa invita» «Me acompañas tú» «Claro»
Baja las persianas de la calle. Me sirve un Bacardí con cola y para ella una copa de tinto. Saca el dinero de la caja y comienza a contarlo.
- ¿Y no acompañaste a tu amiga a su casa?
- Ya es grande, se sabe el camino.
- ¿No tiene novio?
- Creo que no.
- Pobre, seguro va a dormir sola, con el frío que hay…
Quedamos mirándonos, otra vez ese brillo. Le acaricio el pelo, nunca la había tocado. Inclina un poco la cabeza. Acerco mis labios a los suyos. Entra en mi beso.