24.

Hay un tipo en el calipso bebiendo Macallan. Es raro. Nadie bebe ese wisky en un bar. Está sentado en el fondo. Solo. Es viejo y lleva un mono azul de mecánico. Magenta está limpiando las mesas. Xamantha pone unos cacahuetes en un plato pequeño y los coloca delante de mí en la barra.

- Vienes muy poco, no sé si te prefería antes… bueno, prefiero ahora… no… no lo sé.

- Estoy cansado, estoy durmiendo bien estos días, tengo que aprovecharlo.

- Sé que vas a otros bares.

- ¿Si? ¿No puedo?

- Puedes pero antes no lo hacías. ¿Crees que me voy a enamorar de ti?

- No sé... no creo.

- Yo tampoco quiero nada serio. No me quiero complicar la vida, me gusta follar contigo, me da igual que andes con otras, no tienes que esconderte.

- No ando con otras, no ligo tanto.

- Tú sabrás.

Magenta entra al office que hay detrás de la barra. Cambia la música. Algún reggae cantado por una chica. Le cojo la mano a Xamantha y se la beso. Sonríe.

- ¿Qué día libras esta semana?

- Jueves.

- ¿Quieres ir al cine o algo?

- ¿Me vas a proponer matrimonio?

- No, es para meterte mano.

Entran dos chicas rubias hablando algún idioma raro, danés, sueco. Saludan en inglés, piden daiquiris de fresa. Xamantha va adentro a buscar una coctelera. Son guapas las rubias. Botas, minifaldas. Cojo el diario. Hay una entrevista con un chino que dice según Darwin el amor es consecuencia directa de la evolución.

25.

Viernes. Seis de la tarde. Me quito la corbata de un tirón, la dejo sobre la mesa sin doblarla. Mañana juega el Barça a las diez. Hasta ese momento no tengo nada que hacer. Cobré hace tres días. Queda dinero. Toca juerga.
Camino hacia el centro disfrutando la ciudad como un turista. Sin prisas. Contemplo las chicas, los coches, los edificios, los perros de marca de los pijos, las vidrieras del Paseo de Gracia. No tengo planes. Al menos no un plan definido. Quiero beber, quiero estar tranquilo. Quiero amanecer agotado y vacío al lado de una tía que me guste. Mañana golearemos al Villareal y todo será perfecto.
Es un buen sitio el Boadas. Nunca he sido de cócteles pero esto es distinto. Los camareros de traje, el aire acondicionado, el ambiente. Parece estar en otra dimensión, en otro tiempo. Me acomodo en la barra. Pido un daiquiri. Observo. Escucho. Dos tíos de traje discuten si saben diferente los mojitos hechos con ron blanco o siete años, una pareja habla más allá con el camarero, oigo palabras sueltas, «grifa» «hachish». El local se llena, se vacía, se llena otra vez. No hay mujeres solas. En el fondo de la barra un viejo escribe en una libreta. Pido un mojito. Los de traje hablan ahora sobre dry martinis, parecen devotos de alguna secta. «unas gotas de Noilly-Prat, tiene que ser Noilly-Prat» «… y Tanqueray» «Tanqueray»
Un tipo se sienta a mi lado. Pide un margarita. Lo bebe en silencio. Muy rápido. Pide otro. Da un trago largo y me mira.
- Nos están comiendo el coco - dice - a todos.
- ¿Perdón?
- Que te están chupando el cerebro con la tele y toda la mierda.
Miro el mojito, lo remuevo, me doy un trago, saboreo la mezcla dejándola un rato en mi boca, después miro al tipo.
- Que todo está automatizado, que es una puta trampa.
Mientras habla hace énfasis abriendo los ojos. No digo nada
- Todo son instrumentos y botoncitos ¿no lo ves? ¿El estado de bienestar? Ojo. Mucho ojo. A ver a dónde llega.
Va bien vestido. Limpio. Lo miro en silencio. Va levantando la voz.
- En realidad les da igual pero como yo soy un ciudadano…
Uno de los camareros se acerca curioso.
- A todos. Os están comiendo el coco a todos. Yo lo entiendo. Me basta con entenderlo yo.

26.

Estoy en un bar en Joaquim Costa. Son las diez de la noche. Hace calor, bebo cerveza. Una rubia en la barra habla con un tipo de bigote que me recuerda a uno de los comerciales de Inventia. La rubia me mira, le sonrío, sonríe, mira a otro sitio. Sigue hablando con el tío, me mira otra vez, la saludo con mi botella, un gesto como de peli antigua. Sonríe, el tipo se gira, yo miro hacia otro lado. Doy un trago largo a la cerveza. Es amarga, refrescante. Me siento seductor. Imagino que debo parecer un personaje de época con mi traje gris en medio de los modernillos con pircings y rastas, algo atípico, sugestivo. Quizás sólo me veo aislado, triste, ridículo.

Seguimos tonteando la rubia y yo, siguen las miradas. Tres tías parlotean en una mesa al fondo. Dos en el sofá. Otra leyendo sola en una banqueta frente a la barra. Nadie más me mira.

Cojo un diario, reviso las deportivas. Fútbol, estadísticas, artículos de opinión. Debería hacer una quiniela, siempre lo pienso. Conocí a uno que decía vivir de apuestas. Contaba que tenía un programa de ordenador que le sacaba probabilidades de victorias y derrotas. Supongo era mentira.

Otra Estrella. Un hermano de mi madre explicaba en cada borrachera que las cervezas españolas son una mierda. Todas, decía. Cada vez que bebía terminaba contando una historia de su juventud, aquella noche épica de desenfreno en que fueron en coche desde Alemania a Checoslovaquia por una discusión sobre dónde se hacían las mejores cervezas. No hay nada como una buena Staropramen, rugía vomitando los cubatas que acababa de tomarse.

En algún momento se van la rubia y el bigotes. En la puerta vuelve la cabeza. Le digo adiós.

27.

Atravieso Sant Antoni, cruzo el Paralelo, entro al Tinta Roja. Si traes aquí a una tía y no te la follas es que no lo vas a hacer nunca, me dijo alguien hace tiempo. Decorado de cabaret, penumbra, luces escarlata, espejos, un escenario, un trapecio. Parece que en cualquier momento saldrán coristas a bailar can can. Me siento en el salón del fondo con una Estrella. Hay poca gente. Me entretengo mirando los cuadros en las paredes, las fotos, los afiches; siguiendo el ritmo de la música con palmadas sobre la mesa. Voy a la barra, pido una Voll. Mientras me sirven entra una morena, delgada, altísima. No saluda al camarero. Camina hacia el fondo ajena a todo como la reina de un desfile. Regreso a mi mesa buscándola, la veo, me acerco.
- ¿Me puedo sentar? – no es guapa, tiene un rostro normal por separado, boca, nariz, ojos, pero algo en el conjunto no es armónico.
- ¿Perdón?
- ¿Que si puedo sentarme?
Me mira, sonríe, no, dice
Sonrío, aparto la silla y me siento.
- Te he dicho que no, dice mirándome a los ojos muy seria
Hago una mueca «vale» Regreso a mi mesa. Media cerveza más tarde llegan tres chicas y se sientan con ella. Hablan. En algún momento se viran hacia mí y ríen.
El aire de la calle es refrescante. Reviso la agenda del móvil. Dudo si llamar a Neus. Nunca coge el teléfono pero en noches como esta siempre acabo llamándola. Debí haber pasado por el Calipso, esperar el cierre, dar una vuelta por ahí con Xamantha y luego irnos a su casa.
Ahora ya habrán cerrado. Es demasiado tarde.

28.

Tras varios intentos consigo detener un taxi. Mallorca con Padilla, digo y me acurruco en el asiento de atrás. Hago el viaje mirando como suben los números en el taxímetro. Llego. Pago. Bajo. El bar de al lado de casa aun está abierto. Aterrizo en una silla. Pido el último cubata de la noche. Tienes diez minutos, me dice Pau. «sobra tiempo». Bebo mirando como recogen las mesas, limpian y hacen la caja.
Despierto en mi cama vestido, sudoroso, con un sabor desagradable en la boca. Ya es sábado, son las 12:30, me baño, bajo a desayunar «¿otra vez aquí?» «bacon con huevos Pau, por favor y no te rías de un pobre adicto» Leo el diario, más fútbol. Pido una birra y unas bravas, me he levantado con hambre, no tengo resaca. Es una bendición. Quizás hay un dios y es bueno y me ama.
Voy a la playa. Solo he cogido el bañador y la toalla. Nado un poco, camino descalzo. Me gusta sentir la arena en los pies. No hay demasiada gente. Corre un airecillo agradable que me levanta el animo y me hace sentir fuerte. Extiendo la toalla. Me tumbo al sol. Cuando decido que es suficiente me meto en un chiringuito y pido cerveza. Llamo Neus, a Xamantha, al Félix. No cogen el teléfono. Apago el móvil. Me voy a otro sitio. Sigo bebiendo.
Regreso a casa. Me ducho otra vez. El agua tibia barre la sal que traigo en la piel. No hay nadie en el piso. Termino de secarme en la sala. Pongo la tele. Hago zapping. Bajo otra vez al bar. El Pau me mira, ríe. Te vas a hacer millonario conmigo, cabrón, digo. Me acomodo en una mesa. Comienza el partido. Barça pierde. Mierda Mierda Mierda Mierda.

29.

La dueña del Calipso es una rusa de Bakú con pretensiones de coleccionista de arte. A veces viene, se sienta en la barra, pide un martín sec y mira al infinito como se supone debería mirar una chica Bond, una femme fatal, una archiduquesa de los tiempos de los zares. Es alta. Tiene ese aire de top model, de seguridad que tienen las top models, al menos en las pasarelas; y es curioso porque no es una mujer guapa. Me divierte contemplarla estirada, segura, mientras habla del último cuadro que ha comprado a un prometedor artista desconocido.
Hay exposiciones en el Calipso. Cada cinco o seis semanas cuelgan en las paredes cuadros distintos, más o menos horribles, más o menos cursis. Hoy son cinco lienzos (ella siempre dice lienzos) de un tal Marc Pacheco. Rayas negras hechas con pincel grueso sobre fondo gris, salpicaduras rojas. Hablan la rusa, el cubano y un filipino canoso de pelo largo. Parece una reunión de la Logia Mundial del Absurdo. Estoy de espaldas a ellos, mirando al guiri que me explica algo de cuando vivía en Johannesburgo. Me llegan palabras sueltas del trío. «arriesgado» «radical» «rompedor» «suprematismo» «el sentido último del arte» «pura vanguardia»
El guiri coge una servilleta y se pone a hacer diagramas. Es su pasatiempo favorito. Máquinas, engranajes, poleas, tornillos sinfín que terminan invariablemente en un muñeco –un circulo y cinco rayas- colgado de alguna cuerda, o el circulo separado del resto, o a veces, las cinco rayas y el circulo, cada cuál por su lado.
- Mira qué le pasa hoy a muñequito sin nombre.
Sólo Xamantha y yo sabemos la identidad del palote, el resto piensa que es otra excentricidad del inglés. Debería hacerlos en grande y exponerlos ¿verdad?, le digo a la rusa. Ella coge la servilleta, le hecha una mirada miope, sonríe, quizás, dice. Pasa la servilleta al cubano que hace una mueca y murmura «interesante» El filipino se acerca al guiri sonriente, le extiende la mano, dice soy Marc Pacheco, ¿conoce usted a Bourriaud?

30.

Llego temprano a casa. Hay un gordo cocinando. Me dice hola, soy Andrea. Es italiano. Se ha mudado hoy, trabaja en una pizzería en la avenida Gaudí. Entro a mi habitación, me quito el traje, me pongo un chándal y tenis. Saldré a correr. Estoy echando barriga. Empezaré a cuidarme. Siento abrirse la puerta de la calle. Supongo será el Henrry. Asomo la cabeza para darle la buena nueva. Un chaval de 20 años me saluda. Sin camisa. Lleva un dragón tatuado entre el cuello y el ombligo. Trae en la mano una tabla de skate. Otro nuevo, dos en un mismo día. Se llama X. Dice llamarse X. Dice que es paraguayo y que es campeón de no sé qué de patines. En un minuto dice tantas cosas que desconecto, sonrío y asiento. «Nada, campeón, encantado, nos vemos luego» Escapo escaleras abajo.
Corro. A paso lento. No me fijo en los transeúntes. Sólo reparo en los de mi hermandad. El club de gente saludable al que pertenezco a partir de hoy. Chicas guapas que corren concentradas en la música de sus ipod –sigo con la vista sus culos moviéndose rítmicos-, tíos vestidos de lycra pendientes del reloj y el pulsómetro, parejas que corren, grupos de cuatro o cinco al trote discutiendo animados la última anécdota del trabajo. Correr. Este es el primer paso. Luego será apuntarme en un gimnasio, nadar, un poco de pesas. Fantaseo un rato con mi nueva vida sana. Quince minutos después me detengo y hago estiramientos. No estoy agotado pero prefiero ir poco a poco. Saldré a correr al menos dos veces por semana. Y comeré sano. Verduras, frutas.
Voy al super compro manzanas y peras. Sé que terminaré tirándolas.